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Crónicas de una lectora en Venezuela #01 | Si están a tu alcance, cómpralos

Escribí y publiqué este artículo hace mucho, después de verme envuelta en un debate en otro blog. A los meses noté que empezaba a acumular anécdotas curiosas logrando mantener el hábito de lectura en un lugar de opciones limitadas. Así que pensé que sería bueno convertirlo en una sección para este blog; sería educativo para los de afuera, comprensivo para los locales, y una oportunidad para ordenar mis divagaciones.


28/04/15

“Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”, dijo Borges, y no puedo estar más de acuerdo. Como buena lectora, me encanta el tacto, el sonido y el olor de los libros de papel… corrijo: extraño el tacto, el sonido y el olor de los libros de papel. La última vez que pude comprar un libro fue en Septiembre de 2013 y recuerdo que gasté todo lo que quedaba en mi monedero. Muchos meses antes, los libros habían comenzado a subir de precio en mi país, así que fui más selectiva a la hora de escoger. Cada compra me dolía más que la anterior puesto que mi fuente de ingresos no era muy lucrativa, pero cuando terminaba de leer ese buen libro que me costó comprar, el sentimiento de culpa desaparecía. Lo que no sabía en esos días –inserte tono dramático aquí– era que la situación aún no había tocado fondo.
Supongo que todo el mundo tiene sus excusas para buscar libros por internet, unas son válidas, otras seguro que no lo son, pero sólo puedo hablar por mí y por los que me acompañan en estas coordenadas. Las librerías más cercanas a mi ubicación quedaban a hora y media de distancia, aun así las visitaba todas las semanas. No siempre tenía dinero, pero igual disfrutaba recorriendo las estanterías, decidiendo para qué libro ahorraría ese mes. Un libro por mes… todavía no era tan grave. Luego fue un libro por trimestre, luego uno por semestre… hasta el punto de cero libros del todo.
No voy a atreverme a explicarles las situaciones políticas y económicas nacionales que resultaron en esta privación de la palabra escrita, pero intentaré graficar en números el estado actual del desastre que me afecta directamente.
En mi país, y sólo por el día de hoy porque cambia a diario, 1 dólar vale 197,62 en moneda nacional a tasa legal o Simadi (ni hablemos del mercado negro). El salario mínimo en mi país (lo que yo gano) es de 5622,48 mensual, que es igual a 28,45 dólares. Puesto en esa escala el monto es ridículo, ¿verdad? También factoricen el hecho de que un libro en Amazon tiene un precio promedio de 20 dólares… ¿ya ven por dónde vengo? Todavía no he terminado.


Búsqueda Google del 28/04/15

Por razones de control cambiario, aduanas y qué se yo, los libros están escaseando en las librerías, y por lo que puedo ver, estas se mantienen abiertas gracias a la venta de juguetes y tarjetas. Patético, si me lo preguntan. Cuando por gracia divina logran traer libros, UN libro vale entre 800 y 1000 de mi moneda, y cabe recalcar que los traen 3 años después de su publicación y me lo venden como fresco del horno. Si hicieron el cálculo, verán que un libro equivale 5 o 6 días de un salario que para empezar no es ni medianamente basto para la manutención ni de un soltero; una hamburguesa vale unos 230 así que el valor de un día de trabajo no alcanza ni para un almuerzo. No sé si ya lograron ponerse en mis zapatos, pero creo que imaginarán lo mucho que tengo que controlar gastos. ¿Verdad que parece ficción? Todavía no he terminado.


Fotos tomadas el 25/04/15

Ya que comprar libros en mi país definitivamente dejó de ser una opción, sólo me quedaba otra: solicitar mi tarjeta de crédito para optar por los 300 dólares anuales que el gobierno permite a los civiles. Bueno, aprovecharía para comprar un par de cosas más vitales primero (San Librus, perdona mi sacrilegio) y luego los libros que pudiera. Esperé año y medio por mi tarjeta de crédito, y con tarjeta en mano tenía que acumular 6 meses de uso para validar mis dólares. A sólo un mes de cumplirse el plazo (jajaja, rio para no llorar), el gobierno decide que sólo los bancos del gobierno pueden otorgar dólares, y como adivinarán, mi tarjeta era de un banco privado. Ahora traten de concebir la escena final: 5, 10, 15 millones de personas migrando a la banca pública al mismo tiempo. Material de novela, diría yo.
Les puede sonar exagerado, pero les aseguro que les escribo directamente desde mi calculadora, y les invito a investigar por internet si quieren sacar sus propias cuentas. De todas formas, no espero justificación, sólo comprensión. Aunque para mí es injusto no tener acceso a literatura, injusto que otros decidan negarme la buena cultura y que me digan que tengo que conformarme con culebrones para pasar los ratos libres. Crecí en un país donde no promueven el amor por la lectura, pero agradecida estoy de haber tropezado con ella, aunque tarde, y me rehúso a que me roben ese derecho. No siento más que respeto por los autores y las editoriales; créanme cuando les digo que si las condiciones se dieran, no dudaría en honrar su trabajo como es debido.
Una biblioteca es el paraíso de Borges. Para mí, para muchos otros, se ha convertido en una utopía, y el internet ha pasado a ser un lugar de gracia. Si alguno de los que lleguen a leer esto tiene las posibilidades a su favor, sépalo apreciar:
Si están a tu alcance, cómpralos.

CIERRE_ENTRADAS

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