Entra, toma prestado uno de mis libros y piérdete en algún mundo mágico por un rato... el café, te lo debo.

Crónicas de una lectora en Venezuela #03 | A la luz de una linterna


Julio 2016

Tenía tiempo sin sentarme a escribir… bueno, sin ponerme a ordenar las ideas que escribo por doquier. La razón principal es que el nivel de estrés que se vive por aquí en estos días no da tiempo para mucho ocio. Tengo docenas de notas para muchas reseñas que tienen tiempo esperando por mí. De hecho no leo tanto como quiero, ya que hay que trabajar doble para poder ir a Los juegos del hambre (compras de comida) a cualquier oportunidad. Si son del exterior y han visto noticias, ya sabrán a qué me refiero, y si son venezolanos, definitivamente saben de qué hablo.
Una de las situaciones más críticas este año ha sido el racionamiento de electricidad; un desastre en sí mismo, pues ni lo malo lo saben hacer bien. En muchos sectores era una sorpresa desagradable, pero yo tuve la “suerte” de al menos poder ceñirme a un cronograma de racionamiento y prepararme para el tedio 3 y 4 horas diarias sin electricidad. Más de uno perdía los papeles cuando bajaban el gran switcher: equipos dañados, trabajos perdidos, sin bomba eléctrica para surtir agua sumado a los hermosos 32 °C de calor que había que soportar.
Lo increíble de todo, es que una vez más, los libros me salvaron la vida. O del aburrimiento, para no ser tan dramática… aunque… No. En realidad era un infierno así que sí, me quedo con “vida”, me salvaron la vida. Todos ustedes entrarían en pánico si les niegan el internet durante horas, y no me digan que no.
Cuando no estaba durmiendo, mis horas eran atareadas, pero ahora durante 4 horas al día estaba obligada a suspender cualquier trabajo. Y si bien el primer instinto era botar veneno por la boca, al final decidí verle el lado bueno al asunto: ahora tenía tiempo para leer. Podía perderme en un libro y olvidarme del hecho de que mis trabajos se estaban retrasando, que nos estaba fallando un servicio vital que ya de por sí sobrepagamos, y que quien presiona el dichoso botón no tenía que sufrir lo mismo, y… mejor no sigo por ahí.
Como decía: mi inentendible castigo ahora me servía para ponerme al día con mi lista de libros pendientes. Algo así como el que va a la cárcel y aprovecha la condena para sacar una carrera (en otro país, por supuesto). No he adquirido libros físicos en mucho tiempo (leer crónicas anteriores), pero gracias a mi adorado y guerrero Kindle con lamparita LED, no terminaba uniéndome a las despotricadas de mis vecinos, perfectamente audibles a través de las paredes. No sé cómo los demás lograban pasar las largas y calurosas horas, pero yo estaba en mi propio rinconcito mágico; levemente interrumpido por algún mosquito de vez en cuando, pero mágico.

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Durante meses de luchar para no acostumbrarnos a algo tan malo, y aceptar esto como el nuevo "normal", al menos creo que los lectores venezolanos acabamos ganando terreno en otra batalla. Tenemos una escapatoria, aprovechamos el tiempo en medio de la deficiencia, y ahora más que nunca agradecemos el haber tomado un libro por curiosidad o accidente, tiempo atrás cuando abrimos un mundo por primera vez.

CIERRE_ENTRADAS

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